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Una anécdota magisterial - Parte I por Carlos Interiano

Fecha: 
Junio, 2019

Era el 2 de enero de hace muchísimos años. Yo tenía alrededor de 24 años y trabajaba como maestro de Educación Primaria en una escuela de la ciudad Capital. Ese día me presenté a mis labores con el entusiasmo de un imberbe docente. El director del establecimiento me dijo que impartiría primer año. Sentí que la tierra se hundía bajo mis pies. Me había iniciado hacía dos años apenas y no había impartido ese grado.

La verdad, no me sentía preparado para impartir primer año, dado que en el instituto no me habían preparado lo suficiente en didáctica y no tenía la menor idea de cómo enseñar a leer y escribir. Comenzamos a inscribir a los niños. Yo cruzaba los dedos porque no se inscribieran muchos. Ese año se llenaron tres aulas con niños de primer grado. A mí me asignaron 90 niños. Sinceramente me temblaban las piernas.

La campana sonó y comenzaron a ingresar los niños acompañados de sus madres. Algunos llegaron alegres. Otros iban llorando y no querían desprenderse de la mano de sus mamás. Me imagino que miraban en mí a un ogro extraño; hoy día me sucede lo mismo cuando tengo a un nuevo grupo de estudiantes en las universidades. El día anterior había comprado tres bolsas de dulces. Así que les dije, una vez sentados en sus respectivos pupitres: quién quiere dulces; todos respondieron a coro, yo, menos un niño pequeñito que aún se encontraba llorando. Me acerqué a él, desnudé un caramelo y se lo di. El niño comenzó a saborearlo, hasta que poco a poco se fue calmando. Cuántos años tienes, le pregunté. Extendió su manita y me indicó que cinco. Algunos tenían seis, otros siete. Comencé mi rutina preguntándoles: quién quiere aprender a escribir mamá. Yo, dijeron todos, menos el niño de cinco años. Tú no quieres aprender a escribir mamá, le pregunté, acariciándole su cabecita. No, yo quiero otro dulce, me respondió, y le di otro caramelo.

Ese día el mundo se me hizo chico y cuando me di cuenta, sonó la campana para el primer recreo. Esa media hora para mí fue la oportunidad para organizar mi estrategia de enseñanza. Se me ocurrió escribir una a en un extremo del pizarrón, en el otro extremo escribí otra a. Las dos m las distribuí al centro.

Luego del primer recreo, les dije: vamos a jugar un momento dentro de la clase. Les expliqué que en el pizarrón estaban las letras para escribir mamá pero que había que unirlas. Quién sabe cómo se unen, les pregunté. Y como siempre hay unos niños más aventajados que otros, varios estuvieron dispuestos a colaborar mientras el resto observaba con
atención.

Hace pocos días me encontré en el supermercado al ingeniero Antonio Rodríguez, quien, al verme se me acercó y me dijo: profesor Interiano, usted fue mi maestro en primer grado; yo tenía cinco años  y recuerdo que usted me dio dulces para que ya no llorara en mi primer día de clases. Lo recuerdo desde entonces. Usted guio mi mano en mis primeras letras, me dijo, luego, un fortísimo abrazo. Me sentí el maestro más afortunado del mundo. Mi premio había llegado.

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